Manos milagrosas

 

Estimado Dr. Ben Carson

Buenas tardes, vengo a platicarle de  su película que la acabo de ver hace poco en mi escuela y tenemos que hacer una carta para usted acerca de ella.

Bien, me pareció muy buena ya que ésta trata de cosas que si pasan en la vida real y que poniéndole mucho esfuerzo a algún trabajo y su necesaria dedicación lograremos ser alguien en la vida.

También ésta película me dejó una gran reflexión, porque, teniendo tal religión o color de piel vamos a ganar menos que los otros.

Atte. Diana Karol Hernández Rivera

                                                    3 de diciembre del 2018.

 

 

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beatriz la polucion

beatrizBeatriz es una niña que tiene mucho interes al saber que es la polucion y asi recurre a su familia y a su prima Silvia que tiene clases de educacion sensual (sexual :v) y asi recurre a diccionarios, a sus abuelos y a todas las personas que conoce. Y llego a la conclusion de que todos nosotros somos semen y que su ciudad esta llena de pequeñas personitas que somos semen. Y se pregunto: Yo soy semen?, mis abuelos son semen?…

si quieres saber que paso con la pequeña Beatriz, consulta el libro :

“Beatriz, la polucion”

escrito por: Mario Benedetti

el negrito melodia

La primera vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño1 fue en la mañana del tercero o cuarto día después de la mudanza, cuando llegó gateando hasta la única puerta de la nueva vivienda y se asomó para mirar hacia la quieta superficie del agua allá abajo.

Entonces el padre, que acababa de despertar sobre el montón de sacos vacíos extendidos en el piso, junto a la mujer semidesnuda que aún dormía, le gritó:

-¡Mire… eche p’adentro! ¡Diantre’e muchacho desinquieto!

Y Melodía, que no había aprendido a entender las palabras pero sí a obedecer los gritos, gateó otra vez hacia adentro y se quedó silencioso en un rincón, chupándose un dedito porque tenía hambre.

El hombre se incorporó sobre los codos. Miró a la mujer que dormía a su lado y la sacudió flojamente por un brazo. La mujer despertó sobresaltada, mirando al hombre con ojos de susto. El hombre rió. Todas las mañanas era igual: la mujer salía del sueño con aquella expresión de susto que a él le provocaba un regocijo sin maldad. La primera vez que vio aquella expresión en el rostro de su mujer no fue en ocasión de un despertar, sino la noche que se acostaron juntos por primera vez. Quizá por eso a él le hacía gracia verla despabilarse así todas las mañanas.

El hombre se sentó sobre los sacos vacíos.

-Bueno -se dirigió entonces a la mujer-. Cuela el café.

Ella tardó un poco en contestar:

-Ya no queda.

-¿Ah?

-No queda. Se acabó ayer.

Él empezó a decir: “¿Y por qué no compraste más?”, pero se interrumpió cuando vio que en el rostro de su mujer comenzaba a dibujarse aquella otra expresión, aquella mueca que a él no le causaba regocijo y que ella sólo hacía cuando él le dirigía preguntas como la que acababa de truncar ahora. La primera vez que vio aquella expresión en el rostro de su mujer fue la noche que regresó a casa borracho y deseoso de ella pero la borrachera no lo dejó hacer nada. Tal vez por eso al hombre no le hacía gracia aquella mueca.

-¿Conque se acabó ayer?

-Ajá.

La mujer se puso de pie y empezó a meterse el vestido por la cabeza. El hombre, todavía sentado sobre los sacos vacíos, derrotó su mirada y la fijó durante un rato en los agujeros de su camiseta.

Melodía, cansado ya de la insipidez del dedo, se decidió a llorar. El hombre lo miró y le preguntó a la mujer:

-¿Tampoco hay na pal nene?

-Sí. Conseguí unas hojitas de guanábana y le gua hacer un guarapillo horita.

-¿Cuántos días va que no toma leche?

-¿Leche? -la mujer puso un poco de asombro inconsciente en la voz-. No me acuerdo.

El hombre se levantó y se puso los pantalones. Después se allegó a la puerta y miró hacia afuera. Le dijo a la mujer:

-La marea ta alta. Hoy hay que dir en bote.

Luego miró hacia arriba, hacia el puente y la carretera. Automóviles, guaguas y camiones pasaban en un desfile interminable. El hombre observó cómo desde casi todos los vehículos alguien miraba con extrañeza hacia la casucha enclavada en medio de aquel brazo de mar: el “caño” sobre cuyas márgenes pantanosas había ido creciendo hacía años el arrabal. Ese alguien por lo general empezaba a mirar la casucha cuando el automóvil, la guagua o el camión llegaba a la mitad del puente, y después seguía mirando, volviendo gradualmente la cabeza hasta que el automóvil, la guagua o el camión tomaba la curva allá adelante y se perdía de vista. El hombre se llevó una mano desafiante a la entrepierna y masculló:

-¡Pendejos!

Poco después se metió en el bote y remó hasta la orilla. De la popa del bote a la puerta de la casa había una soga larga que permitía a quien quedara en la casa atraer nuevamente el bote hasta la puerta. De la casa a la orilla había también un puentecito de tablas, que se cubría con la marea alta.

Ya en tierra, el hombre caminó hacia la carretera. Se sintió mejor cuando el ruido de los automóviles ahogó el llanto del negrito en la casucha.

II

La segunda vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño fue poco después del mediodía, cuando volvió a gatear hasta la puerta y se asomó y miró hacia abajo.

Esta vez el negrito en el fondo del caño le regaló una sonrisa a Melodía. Melodía había sonreído primero y tomó la sonrisa del otro negrito como una respuesta a la suya. Entonces hizo así con su manita, y desde el fondo del caño el otro negrito también hizo así con su manita. Melodía no pudo reprimir la risa, y le pareció que también desde allá abajo llegaba el sonido de otra risa. La madre lo llamó entonces porque el segundo guarapillo de hojas de guanábana ya estaba listo.
Dos mujeres, de las afortunadas que vivían en tierra firme, sobre el fango endurecido de las márgenes del caño, comentaban:

-Hay que velo. Si me lo bieran contao, biera dicho que era embuste.

-La necesidá, doña. A mí misma, quién me lo biera dicho, que yo diba llegar aquí. Yo que tenía hasta mi tierrita.

-Pues nosotros juimos de los primeros. Casi no bía gente y uno cogía la parte más sequecita, ¿ve? Pero los que llegan ahora, fíjese, tienen que tirarse al agua, como quien dice. Pero, bueno y esa gente, ¿de ónde diantre haberán salío?

-A mí me dijieron que por ai por Isla Verde tan orbanisando y han sacao un montón de negros arrimaos. A lo mejor son desos.

-¡Bendito!… ¿Y usté se ha fijao en el negrito qué mono? La mujer vino ayer a ver si yo tenía unas hojitas de algo pa hacele un guarapillo, y yo le di unas poquitas de guanábana que me quedaban.

-¡Ay, Virgen, bendito…!
Al atardecer, el hombre estaba cansado. Le dolía la espalda, pero venía palpando las monedas en el fondo del bolsillo, haciéndolas sonar, adivinando con el tacto cuál era un vellón, cuál de diez, cuál una peseta. Bueno, hoy había habido suerte. El blanco que pasó por el muelle a recoger su mercancía de Nueva York. Y el compañero de trabajo que le prestó su carretón toda la tarde porque tuvo que salir corriendo a buscar a la comadrona para su mujer, que estaba echando un pobre más al mundo. Sí, señor. Se va tirando. Mañana será otro día.

Entró en un colmado y compró café y arroz y habichuelas y unas latitas de leche evaporada. Pensó en Melodía y apresuró el paso. Se había venido a pie desde San Juan para ahorrarse los cinco centavos del pasaje.

III

La tercera vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño fue al atardecer, poco antes de que el padre regresara. Esta vez Melodía venía sonriendo antes de asomarse, y le asombró que el otro también se estuviera sonriendo allá abajo. Volvió a hacer así con la manita y el otro volvió a contestar. Entonces Melodía sintió un súbito entusiasmo y un amor indecible por el otro negrito. Y se fue a buscarlo.

FIN

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Pan de bruja

La Srta. Martha Meacham se quedó con la pequeña panadería de la esquina (esa que cuando abres la puerta tintinea la campanilla). Cuarentona, y con una cuenta corriente pendiente de un crédito de dos mil dólares, tenía dos dientes falsos y un corazón compasivo.
Dos o tres veces por semana, acudía a su panadería un joven por el que tomó interés. Un hombre de mediana edad, con gafas y barba cuidada. De fuerte acento alemán, su ropa se notaba raída en puntos muy concretos, aunque era aseado y muy educado .Siempre compraba dos panecillos del día anterior. El del día costaba dos centavos la pieza pero por dos centavos conseguía 5 del día anterior. Jamás pedía otra cosa que pan rancio.
A menudo, cuando la señorita Martha se sentaba a tomar el té, se acordaba del joven, deseando compartir con él su comida; compartir algo más que pan del día anterior. Había llegado a la conclusión de que era un artista. Lo supo el día en que entró a pedir -como siempre- dos panecillos del día anterior y al recaer su vista sobre una de las baldas del fondo, le hizo un comentario sobre el cuadro con una estampa veneciana que había arrumbado en una de ellas. ¡Como le brillaban los ojos a través de las gafas! Tan a menudo el genio tiene que luchar tanto hasta que se le reconozca… pensaba.
Él seguía acudiendo, pero siempre a comprar pan del día anterior, jamás un bollo o un pastel del día; nada. Ninguna de las delicias que ella solía preparar.
En la trastienda, junto a la masa de hornear, Martha prepara un compuesto a base de bórax, membrillo y semillas; un potingue muy eficaz que aseguran da lustre al rostro. Y también ha cambiado su antiguo e insulso delantal marrón de sarga, por uno primoroso y azul, bordado a mano. ¡Algo tiene que hacer! No puede consentir que alguien con su talento -obviamente- jamás pruebe un panecillo o algo mejor que pan del día anterior. Pero sabe lo orgullosos que son los artistas, por eso piensa que le ofendería regalándole algo además de su compra habitual. No se siente capaz de hacerlo cara a cara. Pero ¿qué otra cosa puede hacer?

Al poco rato entra su cliente, como de costumbre a pedir el pan habitual. Martha ha salido de la trastienda con su delantal azul. Justo en ese momento un estruendo en la calle procedente de un coche de bomberos le hace a él volver la cabeza y acercarse hasta la puerta. El momento idóneo.
En el estante inferior detrás del mostrador Martha ha dejado una libra de mantequilla que trajo el lechero hace apenas diez minutos. Agarra el cuchillo y hace un corte a lo largo del panecillo, unta gran cantidad de mantequilla y vuelve a unir con fuerza las dos mitades para que no se note el corte. Para cuando él vuelve a mirarla, ella ya está envolviéndolo en papel. Iba apresurado, apenas pudieron cruzar unas palabras. Quizás en otra ocasión.
¿Se lo tomaría como una ofensa?, ¿pensaría que era una descarada? No, seguramente no, la mantequilla nunca ha sido demérito para una señorita.
Cuantas veces a lo largo del día siguiente dio vueltas ésa idea en su cabeza. Se sonrojaba sólo de pensarlo.
La campanita de la puerta sonó violentamente. Alguien entraba formando un escándalo. La señorita Martha acudió corriendo. Había dos hombres, uno era un joven fumando en pipa, un hombre al que jamás había visto, y el otro… su artista.
Su cara estaba roja de ira, el sombrero de medio lado y el pelo alborotado. De un golpe dejó las dos monedas bruscamente sobre el mostrador y miro fieramente a la señorita Martha.
.
-“_Dummkopf_!” – Soltó, y a continuación: “_Tausendonfer_!”- o algo parecido, y en verdad malsonante. -Me ha fastidiado pero bien, ¡estúpida metomentodo!- dijo con los ojos saliéndosele por encima de las gafas.

La señorita Martha retrocedió hacia las baldas de la pared sin saber qué decir, mientras se agarraba al delantal.
-Oh, vamos, ya basta – dijo el otro hombre sacándole de la tienda a trompicones -Tenía que haberle avisado, señora -dijo al regresar- Es delineante. Trabaja en mi misma oficina. Lleva trabajando tres meses en un proyecto diseñando un recinto para el Ayuntamiento. Se presentaba a concurso. Acabó de pasarlo a tinta ayer. Ya sabe… los delineantes primero lo hacen a lápiz… Y cuando había acabado, fue a borrar con la miga de pan rancio, es mejor que ninguna goma de borrar, ¿sabe? Sólo usted lo tiene rancio, por eso lo compra aquí. Pero la mantequilla… ya sabe, es buena para todo excepto para proyectos de arquitectura.
.

La señorita Martha regresó a la trastienda. Se quitó el delantal azul, se encasquetó definitivamente el viejo marrón y lanzó por la ventana su potingue embellecedor.

 

pan de bruja 3

Los gatos de Ulthar

Se dice que en Ulthar, que se encuentra más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y ciertamente lo puedo creer mientras contemplo a aquel que descansa ronroneando frente al fuego. Porque el gato es críptico, y cercano a aquellas cosas extrañas que el hombre no puede ver. Es el alma del antiguo Egipto, y el portador de historias de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la remota y siniestra África. La Esfinge es su prima, y él habla su idioma; pero es más antiguo que la Esfinge y recuerda aquello que ella ha olvidado.

En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran la matanza de los gatos, vivía un viejo campesino y su esposa, quienes se deleitaban en atrapar y asesinar a los gatos de los vecinos. Por qué lo hacían, no lo sé; excepto que muchos odian la voz del gato en la noche, y les parece mal que los gatos corran furtivamente por patios y jardines al atardecer. Pero cualquiera fuera la razón, este viejo y su mujer se deleitaban atrapando y matando a cada gato que se acercara a su cabaña; y, a partir de los ruidos que se escuchaban después de anochecer, varios lugareños imaginaban que la manera de asesinarlos era extremadamente peculiar. Pero los aldeanos no discutían estas cosas con el viejo y su mujer; debido a la expresión habitual de sus marchitos rostros, y porque su cabaña era tan pequeña y estaba tan oscuramente escondida bajo unos desparramados robles en un descuidado patio trasero. La verdad era, que por más que los dueños de los gatos odiaran a estas extrañas personas, les temían más; y, en vez de confrontarlos como asesinos brutales, solamente tenían cuidado de que ninguna mascota o ratonero apreciado, fuera a desviarse hacia la remota cabaña, bajo los oscuros árboles. Cuando por algún inevitable descuido algún gato era perdido de vista, y se escuchaban ruidos después del anochecer, el perdedor se lamentaría impotente; o se consolaría agradeciendo al Destino que no era uno de sus hijos el que de esa manera había desaparecido. Pues la gente de Ulthar era simple, y no sabía de dónde vinieron todos los gatos.

Un día, una caravana de extraños peregrinos procedentes del Sur entró a las estrechas y empedradas calles de Ulthar. Oscuros eran aquellos peregrinos, y diferentes a los otros vagabundos que pasaban por la ciudad dos veces al año. En el mercado vieron la fortuna a cambio de plata, y compraron alegres cuentas a los mercaderes. Cuál era la tierra de estos peregrinos, nadie podía decirlo; pero se les vio entregados a extrañas oraciones, y que habían pintado en los costados de sus carros extrañas figuras, de cuerpos humanos con cabezas de gatos, águilas, carneros y leones. Y el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos, y un curioso disco entre los cuernos.

En esta singular caravana había un niño pequeño sin padre ni madre, sino con sólo un gatito negro a quien cuidar. La plaga no había sido generosa con él, mas le había dejado esta pequeña y peluda cosa para mitigar su dolor; y cuando uno es muy joven, uno puede encontrar un gran alivio en las vivaces travesuras de un gatito negro. De esta forma, el niño, al que la gente oscura llamaba Menes, sonreía más frecuentemente de lo que lloraba mientras se sentaba jugando con su gracioso gatito en los escalones de un carro pintado de manera extraña.

Durante la tercera mañana de estadía de los peregrinos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; y mientras sollozaba en voz alta en el mercado, ciertos aldeanos le contaron del viejo y su mujer, y de los ruidos escuchados por la noche. Y al escuchar esto, sus sollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la oración. Estiró sus brazos hacia el sol y rezó en un idioma que ningún aldeano pudo entender; aunque no se esforzaron mucho en hacerlo, pues su atención fue absorbida por el cielo y por las formas extrañas que las nubes estaban asumiendo. Esto era muy peculiar, pues mientras el pequeño niño pronunciaba su petición, parecían formarse arriba las figuras sombrías y nebulosas de cosas exóticas; de criaturas híbridas coronadas con discos de costados astados. La naturaleza está llena de ilusiones como esa para impresionar al imaginativo.

Aquella noche los errantes dejaron Ulthar, y no fueron vistos nunca más. Y los dueños de casa se preocuparon al darse cuenta de que en toda la villa no había ningún gato. De cada hogar el gato familiar había desaparecido; los gatos pequeños y los grandes, negros, grises, rayados, amarillos y blancos. Kranon el Anciano, el burgomaestre, juró que la gente siniestra se había llevado a los gatos como venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo a la caravana y al pequeño niño. Pero Nith, el enjuto notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran probablemente los más sospechosos; pues su odio por los gatos era notorio y, con creces, descarado. Pese a esto, nadie osó quejarse ante la dupla siniestra, a pesar de que Atal, el hijo del posadero, juró que había visto a todos los gatos de Ulthar al atardecer en aquel patio maldito bajo los árboles. Caminaban en círculos lenta y solemnemente alrededor de la cabaña, dos en una línea, como realizando algún rito de las bestias, del que nada se ha oído. Los aldeanos no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que el malvado par había hechizado a los gatos hacia su muerte, preferían no confrontar al viejo campesino hasta encontrárselo afuera de su oscuro y repelente patio.

De este modo Ulthar se durmió en un infructuoso enfado; y cuando la gente despertó al amanecer ¡he aquí que cada gato estaba de vuelta en su acostumbrado fogón! Grandes y pequeños, negros, grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron muy brillantes y gordos, y sonoros con ronroneante satisfacción. Los ciudadanos comentaban unos con otros sobre el suceso, y se maravillaban no poco. Kranon el Anciano nuevamente insistió en que era la gente siniestra quien se los había llevado, puesto que los gatos no volvían con vida de la cabaña del viejo y su mujer. Pero todos estuvieron de acuerdo en una cosa: que la negativa de todos los gatos a comer sus porciones de carne o a beber de sus platillos de leche era extremadamente curiosa. Y durante dos días enteros los gatos de Ulthar, brillantes y lánguidos, no tocaron su comida, sino que solamente dormitaron ante el fuego o bajo el sol.

Pasó una semana entera antes de que los aldeanos notaran que, en la cabaña bajo los árboles, no se prendían luces al atardecer. Luego, el enjuto Nith recalcó que nadie había visto al viejo y a su mujer desde la noche en que los gatos estuvieron fuera. La semana siguiente, el burgomaestre decidió vencer sus miedos y llamar a la silenciosa morada, como un asunto del deber, aunque fue cuidadoso de llevar consigo, como testigos, a Shang, el herrero, y a Thul, el cortador de piedras. Y cuando hubieron echado abajo la frágil puerta sólo encontraron lo siguiente: dos esqueletos humanos limpiamente descarnados sobre el suelo de tierra, y una variedad de singulares insectos arrastrándose por las esquinas sombrías.

Posteriormente hubo mucho que comentar entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el forense, discutió largamente con Nith, el enjuto notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados con preguntas. Incluso el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y, como recompensa, le dieron una fruta confitada. Hablaron del viejo campesino y su esposa, de la caravana de siniestros peregrinos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la oración de Menes y del cielo durante aquella plegaria, de los actos de los gatos la noche en que se fue la caravana, o de lo que luego se encontró en la cabaña bajo los árboles, en aquel repugnante patio.

Y, finalmente, los ciudadanos aprobaron aquella extraordinaria ley, la que es referida por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar ningún hombre puede matar a un gato.

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